David Copperfield

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Yo sabía, y no tenía la menor duda al respecto, que Dora estaría muy hermosa; pero lo cierto es que jamás la había visto tan bella como aquella tarde. No estaba en la sala cuando presenté a Agnes a sus diminutas tías, pues era demasiado tímida para no esconderse. Pero yo sabía ahora dónde buscarla; y, en efecto, la encontré de nuevo tapándose los oídos detrás de la misma estúpida puerta.

Al principio, se negó a salir; después, me pidió cinco minutos de mi reloj. Cuando, finalmente, se cogió de mi brazo para que la condujera a la sala, su adorable carita estaba roja como la grana, y nunca me había parecido tan bonita. Sin embargo, cuando entramos en la estancia y palideció, se puso diez mil veces más bonita todavía.

Dora tenía miedo de Agnes. Me había dicho que estaba convencida de que Agnes era «demasiado inteligente». Pero cuando la vio tan animada y, al mismo tiempo, tan seria, tan atenta y tan buena, soltó, complacida, un pequeño grito de sorpresa, rodeó con sus cariñosos brazos el cuello de Agnes y apoyó su inocente mejilla en el rostro de ésta.

Jamás había sido tan feliz. Jamás me había sentido tan dichoso como cuando las vi sentarse, la una al lado de la otra; y mi querida Dora dirigió su mirada hacia los bondadosos ojos de Agnes, que la contempló con una hermosa expresión llena de ternura.


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