David Copperfield
David Copperfield La señorita Lavinia y la señorita Clarissa participaron, a su manera, de mi alegrÃa. Fue el té más encantador del mundo. La señorita Clarissa presidÃa la mesa. Yo cortaba y servÃa el bizcocho de semillas aromáticas…, pues las dos pequeñas ancianas sentÃan la misma afición que los pájaros por picotear los granos y el azúcar. La señorita Lavinia nos observaba con aire indulgente, como si la felicidad de nuestro amor fuera obra suya; y Dora y yo nos sentÃamos satisfechos de nosotros mismos, y el uno del otro.
La dulce alegrÃa de Agnes conquistó todos los corazones. Su sereno interés por todo lo que interesaba a Dora; el modo en que entabló amistad con Jip (que en seguida simpatizó con ella); su amable comprensión cuando Dora dudó avergonzada si ocupar su asiento habitual a mi lado; su gracia sencilla y desenvuelta, que animó a la tÃmida Dora a darle pequeñas y numerosas muestras de su confianza; todos estos detalles parecieron completar nuestro cÃrculo.
–¡Me alegro tanto de que me quiera! –le dijo Dora, después del té–. TenÃa miedo de que no fuera asÃ; y, ahora que Julia Mills se ha ido, necesito más cariño que nunca.