David Copperfield
David Copperfield He olvidado decir, por cierto, que la señorita Mills se habÃa embarcado. Dora y yo habÃamos subido a bordo del buque que cubrÃa la ruta de las Indias Orientales, en Gravesend, a fin de despedirnos de ella; habÃamos almorzado jengibre en conserva, guayaba y otras exquisiteces por el estilo; y habÃamos dejado a la señorita Mills llorando en una silla plegable de la toldilla de popa, con un nuevo y voluminoso diario bajo el brazo, donde pensaba anotar y guardar bajo llave las reflexiones que le inspirara la contemplación del océano.
Agnes dijo que temÃa que yo hubiera hecho de ella un retrato muy poco simpático, pero Dora se apresuró a contradecirla.
–¡Oh, no! –exclamó, sacudiendo sus rizos al tiempo que me miraba–. No ha tenido sino elogios para usted. Le importa tanto su opinión que yo estaba aterrorizada.
–Mi buena opinión no puede aumentar su cariño por ciertas personas –afirmó Agnes, con una sonrisa–; no la necesitan para nada.
–Pero yo quiero contar con ella –dijo Dora, mimosa–, de ser posible.