David Copperfield

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Bromeamos sobre el afán de Dora por gustar a los demás, y ella dijo que yo era un tonto y que no me quería; y la velada se fue volando, con vaporosas alas. Se acercaba el momento en que el carruaje vendría a recogernos. Yo estaba solo, de pie junto al fuego, cuando Dora entró sigilosamente en la estancia para darme su acostumbrado beso, pequeño y adorable, de despedida.

–¿No crees que si hubiera tenido una amiga así desde hace mucho tiempo, Doady –me preguntó con los ojos brillantes, mientras su pequeña mano derecha jugaba distraídamente con uno de los botones de mi chaqueta–, hoy sería más inteligente de lo que soy?

–¡Mi amor! –respondí–. ¡Qué tontería!

–¿Te parece una tontería? –exclamó ella, sin mirarme–. ¿Estás seguro de que lo es?

–¡Por supuesto!

–He olvidado –dijo Dora, sin dejar de dar vueltas a mi botón– cuál es tu grado de parentesco con Agnes, querido y malvado muchacho.

–No somos parientes –contesté–, pero crecimos juntos, como dos hermanos.

–Me gustaría saber por qué te enamoraste de mí –añadió, cogiendo otro de mis botones.

–¡Tal vez porque no pude evitarlo, Dora!

–¿Y si no me hubieras visto nunca? –inquirió ella, pasando a otro botón.


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