David Copperfield
David Copperfield –¿Y si no hubiéramos nacido ninguno de los dos? –exclamé, alegremente.
Yo me preguntaba en qué pensarÃa mientras, en silencio, admiraba la pequeña y delicada mano que recorrÃa en lÃnea ascendente los botones de mi chaqueta; y los mechones de pelo que descansaban en mi pecho; y las pestañas caÃdas que parecÃan elevarse mientras sus ojos seguÃan el movimiento distraÃdo de los dedos. Finalmente, levantó su mirada hacia mÃ, y se puso de puntillas para darme, con mayor seriedad de la habitual, ese pequeño y adorable beso… una, dos, tres veces… antes de salir de la habitación.