David Copperfield
David Copperfield Todo el mundo volvió cinco minutos después, y Dora había perdido aquella expresión de gravedad tan poco frecuente en ella. Decidió alborozada que Jip nos mostrase todas sus habilidades antes de que llegara la diligencia. Esto le llevó algún tiempo (no tanto por la variedad del repertorio como por la desgana del animal), y aún no había terminado su actuación cuando el carruaje se detuvo en la puerta. Agnes y Dora se dijeron adiós precipitadamente pero con mucho cariño; y acordaron que Dora escribiría a Agnes (la cual no debía tener en cuenta las tonterías que leyera en sus cartas) y que ésta le contestaría; y se despidieron una segunda vez en la portezuela de la diligencia, y una tercera cuando Dora, a pesar de las protestas de la señorita Lavinia, volvió a acercarse corriendo a la ventanilla para recordar a Agnes que le escribiera y para mover graciosamente sus rizos mirando el lugar que yo ocupaba.
La diligencia tenía que dejarnos cerca de Covent Garden, donde tomaríamos otra que nos llevaría a Highgate. Yo esperaba con impaciencia el pequeño paseo que daríamos en el intervalo, deseando que Agnes elogiara a Dora. ¡Y lo cierto es que no escatimó alabanzas! ¡Con qué cariño y fervor encomendó a mis amorosos cuidados la bella criatura que yo había conquistado, poniendo de relieve su ingenuo encanto! ¡Con qué seriedad me recordó, con la mayor modestia, mi responsabilidad con aquella huérfana!