David Copperfield
David Copperfield –Pues no debes hacerlo. Recuerda que estoy convencida de que el amor y la verdad saldrán victoriosos. No te preocupes por mÃ, Trotwood –añadió, al cabo de unos instantes–; jamás daré ese paso que tanto temes.
A pesar de que en los momentos de serena reflexión nunca me habÃa preocupado realmente, fue un alivio indecible para mà escuchar aquellas palabras de sus labios sinceros. Y asà se lo dije, de todo corazón.
–Y cuando concluya esta visita –quise saber–, pues tal vez no tengamos otra oportunidad de hablar a solas, ¿tardarás mucho en volver a Londres, mi querida Agnes?
–Probablemente sà –replicó–; pienso que será mejor para papá que no nos movamos de Canterbury. No creo que tengamos ocasión de vernos a menudo durante mucho tiempo; pero escribiré a Dora con frecuencia, y asà sabremos el uno del otro.
HabÃamos llegado al pequeño patio de entrada de la casa del doctor. Se hacÃa tarde. La ventana del dormitorio de la señora Strong estaba iluminada, y Agnes la señaló y me dio las buenas noches.
–No dejes que te atormenten nuestras preocupaciones y nuestras desdichas –exclamó, dándome la mano–. Nada me hace más feliz que tu felicidad. Si algún dÃa necesito tu ayuda, ten la seguridad de que te la pediré. ¡Qué Dios te bendiga siempre!