David Copperfield

David Copperfield

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En su radiante sonrisa, y en las últimas palabras de su alegre voz, me pareció ver y oír de nuevo a mi pequeña Dora en su compañía. Me quedé un rato mirando las estrellas a través del pórtico, con el corazón rebosante de amor y gratitud, y luego decidí seguir mi camino. Había reservado una cama en una posada bastante agradable de la vecindad; cuando estaba saliendo por la puerta del jardín, volví casualmente la cabeza y vi luz en el despacho del doctor. Pensé con cierto remordimiento que habría estado trabajando en el diccionario sin mi ayuda. Con el fin de comprobar si esto era cierto y, en cualquier caso, de darle las buenas noches si seguía entre sus libros, me di la vuelta, crucé silenciosamente el vestíbulo y, abriendo la puerta con sumo cuidado, miré hacia el interior de la habitación.

La primera persona que vi, con gran sorpresa mía, a la tenue luz de la lámpara, fue Uriah. Estaba de pie junto a ella, con una de sus manos esqueléticas sobre la boca y la otra apoyada en la mesa del doctor. Éste se hallaba sentado en el sillón de su escritorio, con el rostro entre las manos. El señor Wickfield, dando muestras de gran agitación, se inclinaba hacia delante y tocaba tímidamente el brazo del doctor.



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