David Copperfield
David Copperfield Durante unos instantes, supuse que el doctor estaba enfermo. Movido por esta impresión, me apresuré a dar un paso hacia delante; pero mis ojos se tropezaron con los de Uriah, y comprendà lo que pasaba. Yo me habrÃa retirado si el doctor no hubiera hecho un gesto para detenerme; y me quedé en el despacho.
–Al menos –dijo Uriah, retorciendo su figura desgarbada–, podrÃamos cerrar la puerta. No es necesario que se entere TODA la ciudad.
Y diciendo esto, se dirigió de puntillas a la puerta que yo habÃa dejado abierta y la cerró cuidadosamente. Después volvió a ocupar su sitio de antes. Su voz y sus ademanes alardeaban de una compasión hipócrita y exagerada, mucho más intolerable, en mi opinión, que cualquier otra actitud que hubiera podido adoptar.
–He creÃdo mi deber, señorito Copperfield –exclamó Uriah–, poner en conocimiento del doctor Strong el asunto del que usted y yo hablamos. Aunque usted no me comprendió demasiado bien…
Le respondà únicamente con una mirada; y, acercándome a mi anciano y bondadoso maestro, le dirigà unas palabras que quisieron ser de consuelo y de aliento. El doctor apoyó su mano en mi hombro, al igual que cuando yo era un niño, pero no levantó su cabeza gris.