David Copperfield

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A medida que este cambio fue adueñándose de Annie, hasta entonces un rayo de sol en la casa del doctor, éste pareció envejecer y volverse más serio; pero la dulzura de su carácter, la serena bondad de sus modales y la amable solicitud con su esposa aumentaron, si eso era posible. Una mañana temprano, el día del cumpleaños de Annie, cuando la joven vino a sentarse junto a la ventana mientras trabajábamos (algo que había hecho siempre, pero que ahora realizaba con una timidez e indecisión que a mí me conmovía), el doctor cogió la cabeza de su mujer con ambas manos, le dio un beso en la frente y salió presuroso del despacho, demasiado emocionado para seguir en él. Y ella se quedó inmóvil como una estatua; y luego inclinó la cabeza, juntó las manos y lloró con desconsuelo.

Algunas veces tenía la impresión, después de aquella escena, de que Annie deseaba hablarme cuando nos quedábamos a solas. Sin embargo, nunca dijo nada. El doctor siempre inventaba distracciones para alejarla de casa con su madre; y la señora Markleham, a quien le encantaba divertirse y parecía detestar todo lo demás, tomaba parte en ellas con entusiasmo, deshaciéndose en elogios. Pero Annie, con expresión triste y abatida, se dejaba llevar a cualquier parte, sin interesarse por nada.


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