David Copperfield

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El doctor anunció que no se encontraba bien; y, mientras duró la visita de los Wickfield, prefirió pasar a solas la mayor parte del día. Agnes y su padre llevaban más de una semana en Canterbury cuando reanudamos nuestro trabajo habitual. La víspera, el doctor me entregó personalmente una carta sin cerrar. Iba dirigida a mí; y en ella me pedía, afectuosamente, que jamás aludiera a la conversación de aquella noche. Yo se lo había confiado a mi tía, pero a nadie más. No era un asunto que pudiera discutir con Agnes, y estoy seguro de que ella no sospechaba lo ocurrido.

Tengo el convencimiento de que la señora Strong tampoco sospechaba nada en aquel entonces. Pasaron muchas semanas antes de que yo advirtiera en ella el menor cambio. Pero éste fue llegando lentamente, como una nube en un día sin viento. Al principio, pareció sorprenderle el aire dulcemente compasivo con que le hablaba el doctor, así como su deseo de que el Viejo Soldado fuera a vivir con ella para romper la gris monotonía de su vida. A menudo, cuando estábamos trabajando y ella se sentaba a nuestro lado, la veía detenerse y mirar a su marido con aquella expresión memorable. Y después se levantaba a veces con los ojos llenos de lágrimas y salía del despacho. Poco a poco, una sombra de infelicidad, cada día más profunda, fue envolviendo su belleza. La señora Markleham residía ya en la casa; pero hablaba y hablaba, y no veía nada.


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