David Copperfield
David Copperfield –No puede convertir esto en un acto de valentÃa, ni impedir que yo le perdone. No tengo intención de contárselo a mi madre ni a ningún ser viviente. Estoy decidido a perdonarle. Pero me gustarÃa saber cómo ha podido levantar su mano contra una persona tan humilde como yo.
Me sentà casi tan despreciable como él. Me conocÃa mejor que yo mismo. Si me hubiera respondido de malos modos, o hubiese tratado de exasperarme abiertamente, me habrÃa sentido aliviado y justificado; pero habÃa decidido asarme a fuego lento, y aquel tormento duró la mitad de la noche.
A la mañana siguiente, cuando salà a la calle, las campanas de la iglesia repicaban y Uriah paseaba arriba y abajo en compañÃa de su madre. Se dirigió a mà como si no hubiera ocurrido nada, y me vi obligado a contestarle. Supongo que le habÃa pegado tan fuerte que le dolÃan los dientes. En cualquier caso, llevaba un pañuelo de seda negra atado a la cabeza, que, unido al sombrero que se habÃa puesto encima, estaba muy lejos de mejorar su aspecto. Según me dijeron, el lunes por la mañana fue a un dentista de Londres, y éste le sacó una muela. ¡Espero que fuera una doble!