David Copperfield
David Copperfield –En efecto, y es algo que no puede impedirme –repuso Uriah–. ¡Cuando pienso que me ha atacado… a mÃ, que he sido siempre amigo suyo! Pero dos no riñen si uno no quiere, y no pienso ser uno de ellos. Aunque no quiera, seré amigo suyo. De modo que ya sabe a qué atenerse.
La necesidad de proseguir este diálogo en voz baja (él hablaba muy despacio; yo, muy deprisa), a fin de no molestar a nadie a unas horas tan intempestivas, no me ayudó a mejorar de humor, aunque mi cólera se fuese apaciguando. Me limité a decirle que esperaba de él lo mismo que habÃa esperado siempre, sin que jamás me hubiese defraudado; y, golpeándole al abrir la puerta, como si fuera una gran nuez que alguien hubiera puesto allà para ser cascada, me marché de la casa. Pero también él dormÃa fuera, donde se alojaba su madre; y no habÃa andado ni cien yardas cuando me alcanzó.
–Sabe, Copperfield –me dijo al oÃdo (ni siquiera volvà la cabeza)–, está usted en una situación falsa.
Era cierto, y no pude evitar sentirme más irritado.