David Copperfield
David Copperfield Hubo otro largo silencio. Mientras me observaba, sus ojos parecieron adquirir todas las tonalidades capaces de envilecer una mirada.
–Copperfield –dijo, retirando la mano de su mejilla–, siempre ha estado en contra mÃa. Estoy seguro de que siempre habló mal de mà en casa del señor Wickfield.
–Puede pensar lo que quiera –respondÃ, todavÃa indignado–. Si no es verdad, mejor para usted.
–Y, sin embargo, yo siempre le he querido, Copperfield –afirmó.
No me digné contestarle; cogà el sombrero y, cuando me disponÃa a salir, él se colocó delante de la puerta.
–Copperfield –añadió–, dos no riñen si uno no quiere. No pienso ser uno de ellos.
–¡Váyase al diablo! –exclamé.
–¡No diga eso! –replicó–. Sé que lo lamentará más tarde. ¿Cómo puede mostrarse tan inferior a mà con esa explosión de mal genio? Pero yo le perdono.
–¡Que usted me perdona! –repetà con desdén.