David Copperfield
David Copperfield Él cogió la mano que le habÃa golpeado, y nos quedamos asÃ, mirándonos el uno al otro, durante mucho tiempo; el suficiente para que yo pudiera ver cómo las marcas blancas de mis dedos desaparecÃan de sus mejillas color carmesà y las dejaban de un rojo más intenso todavÃa.
–Copperfield –dijo finalmente, con voz jadeante–, ¿ha perdido usted el juicio?
–No, lo que he perdido es el deseo de tenerlo ante mà –contesté, arrancando mi mano de la suya–. Perro, no quiero volver a saber nada de usted.
–¿De veras? –exclamó él; y el dolor le hizo llevarse la mano a la mejilla–. Tal vez no pueda evitarlo. ¿Y no le parece ingrato por su parte?
–Con frecuencia le he mostrado cuánto le desprecio –repuse–. Acabo de hacerlo con más claridad que nunca. ¿Por qué habrÃa de temer que hiciera el mayor daño posible a los que le rodean? ¿Qué otra cosa ha hecho en su vida?
Comprendió perfectamente esta alusión a las consideraciones que hasta entonces me habÃan empujado a guardar las formas con él. Aunque no creo que yo hubiera dejado escapar aquel golpe o aquellas palabras sin la seguridad que me habÃa dado Agnes esa noche. Pero poco importa.