David Copperfield
David Copperfield –Bueno, señorito Copperfield –dijo Uriah, volviéndose hacia mà con aire sumiso–. Las cosas no han salido como yo esperaba, pues el viejo erudito… ¡qué hombre tan excelente!… está más ciego que un murciélago; pero creo que esta familia se ha bajado ya del carro.
El sonido de su voz bastó para que yo perdiera los estribos; jamás he estado tan furioso, ni antes ni después de aquel momento.
–¡Canalla! –exclamé–. ¿Qué pretende al mezclarme en sus intrigas? ¿Cómo se ha atrevido a pedir mi opinión, miserable traidor, como si hubiéramos discutido el asunto juntos?
Al verlo frente a mÃ, con aquel rostro incapaz de disimular su alegrÃa, comprendà con claridad lo que ya sabÃa: que me habÃa obligado a escuchar sus confidencias sólo para hacerme sufrir, y que me habÃa tendido deliberadamente una trampa en aquel asunto; era más de lo que podÃa soportar. Su huesuda mejilla parecÃa ofrecerse, tentadora, y yo le pegué una bofetada tan fuerte que sentà el mismo comezón en los dedos que si me los hubiera quemado.