David Copperfield
David Copperfield –Lo único que puedo hacer es sobrellevar con la mayor resignación el conocimiento de la desdicha que he ocasionado. Ella es quien tiene algo que reprocharme, no yo. Mi deber ahora es protegerla de los juicios erróneos, e incluso crueles, que ni siquiera mis amigos han sido capaces de evitar. Cuanto más retirados vivamos, más fácil será para mÃ. Y cuando llegue el dÃa (¡quiera Dios que no tarde mucho!) en que mi muerte la deje libre de toda obligación, cerraré los ojos después de haber contemplado su virtuoso rostro, con una confianza y un amor sin lÃmites; y la abandonaré, sin el menor pesar, a una vida más feliz y dichosa.
Apenas podÃa ver al doctor a través de las lágrimas que su fervor y su bondad (que no sólo enaltecÃan la sencillez de sus maneras, sino que también se veÃan enaltecidos por ésta) trajeron a mis ojos. Estaba ya muy cerca de la puerta cuando añadió:
–Caballeros, les he abierto mi corazón. Estoy seguro de que sabrán respetar mis confidencias. Lo que se ha dicho aquà esta noche, no deberá repetirse jamás. Wickfield, viejo amigo, deme su brazo para subir las escaleras.
El señor Wickfield se le acercó presuroso. Sin cambiar entre ellos una sola palabra, salieron lentamente juntos de la habitación; Uriah los siguió con la mirada.