David Copperfield
David Copperfield Había reanudado con orgullo, en muchas de sus horas libres, el privilegio de ir y venir por el jardín con el doctor, tal como había hecho en Canterbury por «El Paseo del Doctor». Pero, cuando las cosas cambiaron, dedicó todo su tiempo libre a estos paseos, levantándose incluso más temprano para prolongarlos. Jamás se había sentido tan dichoso como cuando el doctor le leía aquella obra fascinante, el Diccionario; y ahora se sentía muy desgraciado si su amigo no sacaba el manuscrito del bolsillo y empezaba su lectura. Mientras el doctor y yo trabajábamos, cogió la costumbre de ir de un lado a otro con la señora Strong, y de ayudarla a cuidar sus flores preferidas, o a quitar las malas hierbas de los macizos. No creo que pronunciara ni una docena de palabras en el transcurso de una hora; pero su pacífico interés y su mirada melancólica encontraron un eco inmediato en los corazones del doctor y de su esposa; cada uno de ellos sabía que el otro le quería, y que él los adoraba a los dos; y el señor Dick se convirtió en un vínculo entre ambos, algo que ninguna otra persona podía ser.