David Copperfield
David Copperfield Cuando lo recuerdo, con su rostro juicioso e impenetrable, paseando arriba y abajo con el doctor, dichoso de sentirse vapuleado por las duras palabras del diccionario; transportando enormes regaderas llenas de agua detrás de Annie; arrodillándose, con sus manazas enguantadas, para entregarse a un trabajo microscópico y paciente entre las pequeñas hojas; expresando en todo cuanto hacÃa, como ningún filósofo habrÃa sido capaz de expresar, un delicado anhelo de ser amigo de ella; derramando simpatÃa, lealtad y cariño por todos los agujeros de la regadera…; cuando lo recuerdo sin perder jamás aquel vestigio de razón que le permitÃa comprender la desgracia, sin dejar jamás que el infortunado rey Carlos se introdujera en el jardÃn, sin flaquear jamás en su agradecida obsequiosidad, sin olvidar jamás que allà ocurrÃa algo malo y él deseaba arreglarlo… casi me siento avergonzado de haber creÃdo que no se hallaba en su sano juicio, teniendo en cuenta el uso que yo he dado a mis facultades mentales.
–¡Soy la única en saber lo que vale ese hombre, Trotwood! –decÃa orgullosamente mi tÃa siempre que lo comentábamos–. ¡Algún dÃa se hará famoso!