David Copperfield
David Copperfield Antes de terminar este capítulo, debo abordar otro asunto. Mientras el doctor tuvo invitados en casa, me di cuenta de que el cartero traía todas las mañanas dos o tres cartas para Uriah Heep, que continuó en Highgate hasta que los demás regresaron a Canterbury, pues era época de vacaciones; me percaté, asimismo, de que su remitente era el señor Micawber, que, como es habitual en un jurista, tenía ahora la letra más redondeada. De tan insignificantes premisas, yo había deducido, jubiloso, que el señor Micawber estaba prosperando; por ese motivo, me extrañó mucho recibir, por aquella época, la siguiente carta de su encantadora esposa:
CANTERBURY, tarde del lunes
No hay duda de que le sorprenderá, mi querido señor Copperfield, recibir esta misiva. Y aún más cuando conozca su contenido. Y aún más cuando le exija la más estricta confidencialidad. Pero mis sentimientos de esposa y madre necesitan de consuelo; y, como no deseo consultar con mi familia (ya muy en contra del señor Micawber), no conozco a nadie que pueda aconsejarme mejor que mi amigo y antiguo inquilino.