David Copperfield

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Mi tía lleva mi mano entre las suyas durante todo el trayecto. Cuando nos detenemos a escasa distancia de la iglesia para que se apee Peggotty, a quien hemos traído en el pescante, mi tía me aprieta la mano y me da un beso.

–¡Que Dios te bendiga, Trot! No podría quererte más si fueras hijo mío. No puedo dejar de pensar en la pobre y querida niña esta mañana.

–Yo también. Y en todo lo que le debo, querida tía.

–¡Eso no, muchacho! –exclama ella.

Y, rebosando cordialidad, le da la mano a Traddles, que le da la suya al señor Dick, quien a su vez me la da a mí, antes de que yo se la dé a Traddles; y entonces llegamos a la entrada.

Lo cierto es que la iglesia está muy tranquila; pero, aunque se tratara de un telar de vapor en plena actividad, tendría el mismo efecto sedante sobre mí.

El resto es un sueño más o menos incoherente.

Y en ese sueño Dora entra con otras personas; la sacristana nos coloca, como un sargento instructor, delante de la barandilla del altar; y yo me pregunto, incluso en esos instantes, por qué tienen que elegir para este trabajo a unas mujeres tan antipáticas, y si no será el temor religioso a una infección catastrófica de buen humor lo que hace indispensable poner a esas vinagreras en el camino del Cielo.


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