David Copperfield
David Copperfield Regreso más incrédulo que nunca a mi alojamiento, muy cerca de allí; y, a la mañana siguiente, me levanto muy temprano para ir a la carretera de Highgate y recoger a mi tía.
Jamás la he visto ataviada de ese modo. Lleva un traje de seda color lavanda, un sombrero blanco, y está deslumbrante. Janet la ha vestido, y me pasa revista a mí. Peggotty está preparada para ir a la iglesia, pues tiene intención de ver la ceremonia desde la galería. El señor Dick, que me entregará a mi amada frente al altar, se ha hecho rizar el pelo. Traddles, con quien me he citado en el puesto de peaje,[92] luce una llamativa combinación de colores, crema y azul celeste; y tanto él como el señor Dick parecen ir enguantados de la cabeza a los pies.
No hay duda de que me percato de todo esto, porque lo recuerdo; pero me siento perdido, y tengo la sensación de no ver nada. Y tampoco me lo creo. Sin embargo, mientras avanzamos en un carruaje descubierto, esa boda maravillosa es suficientemente real para llenarme de una especie de piedad, asombrosa, por todos aquellos desgraciados que no van a participar en ella, y que barren las puertas de las tiendas y se dirigen a sus ocupaciones diarias.