David Copperfield

David Copperfield

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Me acerco a la puerta, preguntándome quién puede ser, y descubro unos ojos brillantes y un rostro sonrojado; son los ojos y el rostro de Dora, y la señorita Lavinia le ha puesto el traje de novia, con cofia y todo, para que yo lo vea. Estrecho a mi mujercita contra mi corazón; y la señorita Lavinia lanza un pequeño grito porque le descoloco el tocado, y Dora se rie y llora al mismo tiempo, al verme tan contento; y todo me resulta más irreal que nunca.

–¿Te parece bonito, Doady? –dice Dora.

¡Bonito! ¡Ya lo creo!

–¿Y estás seguro de quererme mucho? –exclama.

El tocado corre tanto peligro con esa pregunta que la señorita Lavinia deja escapar otro pequeño grito, y me pide que comprenda que sólo debo mirar a Dora, y no tocarla por nada del mundo. Así que Dora se queda inmóvil durante uno o dos minutos, en un adorable estado de confusión, para que yo la admire; y entonces se quita la cofia (¡qué natural está sin ella!) y sale corriendo con ella en la mano; después vuelve a bajar bailando con su ropa habitual, y le pregunta a Jip si tengo una hermosa mujercita y si le perdonará que se case, y luego se arrodilla para obligarle a hacer una pirueta sobre el manual de cocina, por última vez durante su vida de soltera.


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