David Copperfield

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Al día siguiente, también, cuando vamos todos juntos a ver la casa… nuestra casa… la casa de Dora y mía… no puedo hacerme a la idea de que soy su propietario. Tengo la impresión de estar allí con permiso de otra persona y, en cierto modo, espero ver llegar de un momento a otro al verdadero dueño y oírle decir que se alegra de saludarme. ¡Es una casita tan hermosa! ¡Todo está tan nuevo y reluciente! Las flores de las alfombras parecen recién cortadas, y es como si las hojas del empapelado acabaran de brotar. Las cortinas son de delicada muselina y los muebles, de un color rosa encendido; el sombrero de paja de Dora, con sus cintas azules, cuelga ya en una pequeña percha (recuerdo bien el amor que me inspiró, la primera vez que la vi, con un sombrero muy parecido); el estuche de la guitarra está ya como en su casa, apoyado en un rincón; y todo el mundo tropieza con la pagoda de Jip, demasiado grande para esas dimensiones.

Otra velada feliz, tan irreal como todo lo demás, y yo me cuelo en la salita de siempre antes de marcharme. Dora no se encuentra allí. Supongo que no ha terminado aún de probarse. La señorita Lavinia asoma la cabeza y me dice con cierto misterio que no tardará en venir. Sin embargo, tarda bastante; aunque finalmente oigo un frufrú en el pasillo y alguien da unos golpecitos en la puerta.

–¡Adelante! –contesto, pero vuelven a llamar.


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