David Copperfield

David Copperfield

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Pero no tarda en animarse y, uno tras otro, firmamos en el registro. Subo a la galería a buscar a Peggotty para que también estampe su firma, y ella me abraza en un rincón y me dice que también asistió a la boda de mi madre; y la ceremonia acaba y todos nos marchamos.

Me alejo del altar del brazo de mi dulce esposa, orgulloso y enamorado, en medio de una nebulosa de rostros, púlpitos, sepulcros, bancos, pilas bautismales, órganos y vidrieras, que se entremezclan con los vagos recuerdos que flotan en el aire de la iglesia de mi niñez, hace ya tanto tiempo.

La gente murmura a nuestro paso: «¡Qué pareja tan joven!» «¡Qué novia tan bonita!». Todos nos sentimos felices y parlanchines al regresar a casa en el carruaje. Sophy nos cuenta que cuando le pidieron a Traddles la licencia de matrimonio (que yo le había confiado), estuvo a punto de desmayarse, convencida de que la había perdido o se la habían robado. Agnes se ríe alegremente; y Dora está tan encariñada con Agnes que no quiere separarse de ella, y sigue de su mano.

Hay un ágape, con muchas cosas apetitosas y suculentas para comer y beber, que yo degusto (como lo haría en un sueño) sin ser capaz de percibir en ellas ningún sabor; lo único que puedo comer y beber, por decirlo de algún modo, es amor y matrimonio, y las viandas son para mí tan irreales como todo lo demás.


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