David Copperfield

David Copperfield

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Pronuncio mi discurso como un sonámbulo, sin tener la menor idea de lo que quiero decir, más allá de lo que pueda comprenderse con la convicción plena de que no lo he dicho. Pasamos unos momentos muy felices (aunque siempre como en sueños); y Jip come del pastel de boda, y más tarde sufre una indigestión.

Llega el carruaje de alquiler, tirado por dos caballos; Dora se retira para cambiarse de ropa. Mi tía y la señorita Clarissa se quedan con nosotros; damos un paseo por el jardín; y mi tía, que ha pronunciado un emotivo discurso sobre las tías de Dora, aunque lo encuentra muy divertido, no puede evitar sentir cierto orgullo por sus palabras.

Dora está ya preparada, y la señorita Lavinia revolotea a su alrededor, resistiéndose a perder el encantador juguete con el que ha pasado tan buenos ratos. Dora descubre a cada instante, con sorpresa, que ha olvidado un sinfín de pequeñas cosas; y todos corren por doquier para traérselas.

Se forma un círculo alrededor de Dora cuando ella empieza a decir adiós; y es como si las damas de honor, con sus lazos y sus brillantes colores, fueran un macizo de flores. Mi amada sale de aquel jardín, medio asfixiada, riendo y llorando al mismo tiempo, y viene a arrojarse en mis celosos brazos.


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