David Copperfield
David Copperfield –¡Porque tengo la cabeza llena de pájaros –afirmó–, y ella lo sabe!
Ese argumento me pareció tan incompatible con el establecimiento de algún sistema de control sobre Mary Anne que fruncà un poco el ceño.
–¡Qué arrugas tan feas le han salido en la frente a mi niño malo! –dijo Dora y, sentada aún en mis rodillas, las dibujó con su lápiz; llevando éste a sus sonrosados labios para que escribiera más negro, y trabajando en mi frente con una cómica expresión de seriedad y aplicación, que, mal que me pese, me pareció encantadora.
–¡Asà me gusta! –añadió Dora–. ¡Estás mucho más guapo cuando te rÃes!
–Pero, mi amor… –empecé a decir.
–¡No, no! ¡Por favor! –protestó, con un beso–. ¡No seas un malvado Barba Azul! ¡No te pongas serio!
–Tesoro mÃo –repuse–, algunas veces hay que ponerse serio. ¡Ven! ¡Siéntate en esta silla, a mi lado! ¡Dame el lápiz! ¡AsÃ! Y, ahora, hablemos con sensatez. Sabes, mi amor (¡qué manita tan pequeña tenÃa! ¡Y qué minúsculo era su anillo de boda!), no es lo que se dice agradable tener que irme sin comer, ¿no te parece?
–¡N…n…o! –contestó ella, débilmente.
–¡Mi amor, estás temblando!