David Copperfield
David Copperfield Pero era un verdadero suplicio para nosotros. Conscientes de nuestra inexperiencia, nos sentÃamos incapaces de salir de aquella situación. HabrÃamos dependido de su clemencia, si hubiera tenido alguna; pero era una mujer despiadada, y carecÃa de ella. Fue la causa de nuestra primera discusión.
–Mi vida –dije un dÃa a Dora–, ¿crees que Mary Anne tiene alguna noción de la hora que es?
–¿Por qué, Doady? –inquirió ella, levantando la vista de su dibujo, con aire inocente.
–Porque son las cinco, mi amor, y tendrÃamos que haber comido a las cuatro.
Dora miró el reloj de la sala con inquietud, y dijo que probablemente iba adelantado.
–Todo lo contrario, corazón –respondÃ, consultando el mÃo–, va unos minutos retrasado.
Mi mujercita vino a sentarse encima de mis rodillas para tranquilizarme con sus mimos, y trazó una raya con su lápiz en mitad de mi nariz; pero eso no me quitó el apetito, aunque fue muy agradable.
–¿No piensas, querida –exclamé–, que deberÃas reconvenir a Mary Anne?
–¡Oh, no, por favor! ¡No podrÃa, Doady! –contestó Dora.
–¿Por qué no, mi amor? –le pregunté, dulcemente.