David Copperfield
David Copperfield –Dora, mi vida –dije–, eres pueril y estás diciendo tonterÃas. Estoy convencido de que recuerdas que ayer me vi obligado a marcharme a medio comer, y que anteayer me sentà bastante mal por haber tenido que comer a toda prisa la ternera casi cruda; hoy, no comeré nada en absoluto… y casi no me atrevo a hablar de lo que tardó esta mañana el desayuno… ¡y todo para que luego el agua no estuviera hirviendo! No te lo reprocho, querida, pero no es agradable.
–¡Oh, malo, malo! ¡Decir que soy una mujer desagradable!
–¡Vamos, mi querida Dora, sabes bien que nunca he dicho eso!
–¡Has dicho que yo no era agradable!
–¡He dicho que el gobierno de nuestra casa no era agradable!
–¡Es exactamente lo mismo! –exclamó Dora; y estaba convencida de sus palabras, pues lloraba a lágrima viva.
Di otro pequeño paseo por la habitación, lleno de amor por mi preciosa mujercita y loco de remordimientos, que me empujaban a darme de cabezadas contra la puerta. Volvà a sentarme y dije: