David Copperfield
David Copperfield –No te estoy culpando, Dora. Los dos tenemos mucho que aprender. Sólo intento explicarte, querida, que es necesario… verdaderamente necesario (estaba decidido a no ceder en aquel punto) que te acostumbres a vigilar a Mary Anne. Y que actúes un poco en tu nombre y en el mÃo.
–Me sorprende, de veras, que seas tan ingrato conmigo –sollozó Dora–, sabiendo que el otro dÃa, cuando dijiste que te apetecÃa un poco de pescado, salà personalmente y recorrà muchas millas para conseguirlo y darte una sorpresa.
–Y fue muy amable por tu parte, tesoro mÃo –repuse–. Me conmovió tanto que habrÃa sido incapaz de reprocharte que compraras un salmón entero… que era demasiado para los dos; o que costase una libra y seis chelines… que era mucho más de lo que podemos permitirnos.
–¡Pues bien que lo disfrutaste! –dijo Dora, entre hipidos–. Y me llamaste ratita.
–Y lo harÃa de nuevo, mi amor –repliqué–. ¡Mil veces!