David Copperfield

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Pero yo había herido el tierno corazoncito de Dora, y nada podía consolarla. Lloraba y gemía de un modo tan patético que tuve la sensación de haberle dicho no sé qué con el propósito de lastimarla. Me vi obligado a marcharme corriendo. El trabajo me retuvo hasta muy tarde y, durante toda la noche, me remordió terriblemente la conciencia. Tenía la impresión de ser un asesino, y me perseguía el sentimiento vago de haber cometido algo monstruoso.

No volví a casa hasta las dos o las tres de la madrugada. Mi tía estaba en nuestra casa, esperándome.

–¿Ocurre algo, tía? –pregunté, alarmado.

–Nada, Trot –respondió–. Siéntate, siéntate. Nuestra Pequeña Flor estaba bastante triste y yo le he hecho compañía. Eso es todo.

Apoyé la cabeza en mi mano; y, mientras contemplaba el fuego, me sentí más afligido y desalentado de lo que jamás hubiera creído posible tan poco tiempo después de que se cumplieran mis más ardientes esperanzas. Mientras reflexionaba sobre esto, me tropecé con la mirada de mi tía, que estaba posada en mí. Advertí cierta inquietud en sus ojos, pero éstos pronto se serenaron.

–Le aseguro, tía –dije–, que me he sentido muy desgraciado durante toda la noche pensando en el desconsuelo de Dora. Pero mi única intención era hablarle tierna y amorosamente de nuestros asuntos domésticos.


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