David Copperfield

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–Debes tener paciencia, Trot –contestó.

–Por supuesto. ¡Sabe Dios que no pretendo ser poco razonable, tía!

–No, no –exclamó ella–. Pero nuestra pequeña es una flor muy delicada, y el viento debe soplar dulcemente sobre ella.

Le agradecí, de corazón, la ternura que mostraba con mi mujer; y tuve la certeza de que ella lo comprendía.

–¿No cree, tía –le pregunté, después de contemplar nuevamente el fuego–, que usted podría aconsejar un poco a Dora de vez en cuando, por nuestro bien?

–¡No, Trot! –repuso ella, no sin emoción–. ¡No me pidas eso!

Pronunció esas palabras con tanta seriedad que levanté los ojos sorprendido.



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