David Copperfield
David Copperfield –Evoco mi vida pasada, querido muchacho –prosiguió mi tÃa–, y pienso en algunas personas que ahora yacen en sus tumbas y con las que habrÃa podido tener mejores relaciones. Si juzgué con severidad los errores conyugales de otros, fue quizá porque yo misma tenÃa amargas razones para juzgar con severidad mi matrimonio. Pero eso carece de importancia. He sido una mujer gruñona, arisca e intratable durante muchos años. Lo soy todavÃa, y siempre lo seguiré siendo. Pero tú y yo nos hemos hecho mucho bien el uno al otro, Trot… al menos tú me lo has hecho a mÃ, tesoro mÃo; y no quiero que, a estas alturas, haya diferencias entre nosotros.
–¡Diferencias! ¡Entre nosotros! –protesté.
–¡Jovencito, jovencito! –exclamó mi tÃa, alisándose el vestido–. No hay que ser profeta para saber que no tardarÃan en surgir, y que mi Pequeña Flor serÃa muy desgraciada si yo me mezclara en vuestros asuntos. Deseo que nuestra querida niña me quiera, y sea tan feliz como una mariposa. Recuerda tu propio hogar, y aquel segundo matrimonio; y jamás nos hagas, a ella o a mÃ, el mal que acabas de insinuar.
Comprendà en seguida que mi tÃa tenÃa razón; y comprendÃ, asimismo, hasta dónde llegaba su generosidad con mi querida esposa.