David Copperfield
David Copperfield –Éste es el comienzo, Trot –prosiguió–, y Roma no se construyó en un dÃa, ni en un año. Has elegido libremente –tuve la impresión de que su rostro se ensombrecÃa durante un instante– a una criatura muy bonita y cariñosa. Será tu deber, al igual que tu felicidad (es algo que sé, no estoy pronunciando un sermón) quererla tal como la has escogido, por las cualidades que tiene y no por las que no tiene. Intenta desarrollar en ella estas últimas. Y si no puedes, muchacho –mi tÃa se frotó la nariz–, tendrás que acostumbrarte a vivir sin ellas. Pero recuerda, querido, que vuestro futuro depende de los dos. Nadie puede ayudaros; tenéis que labrarlo vosotros mismos. Eso es el matrimonio, Trot; y ¡que el Cielo os bendiga a los dos, pues sólo sois un par de niños perdidos en el bosque!
Mi tÃa dijo estas últimas palabras en tono alegre y me dio un beso para ratificar la bendición.
–Y ahora –añadió– enciende mi pequeña linterna y acompáñame a mi sombrerera por el sendero del jardÃn (que unÃa las dos casas). Cuando vuelvas, dale a mi Pequeña Flor el cariño de Betsey Trotwood; y hagas lo que hagas, Trot, no se te ocurra jamás convertir a tu tÃa en un espantapájaros, pues la he visto en un espejo, y ¡te aseguro que resulta suficientemente horrible y flaca sin necesidad de eso!