David Copperfield

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La siguiente adversidad doméstica que tuvimos que sobrellevar fue la del Tormento de las Criadas. El primo de Mary Anne desertó y se escondió en nuestra carbonera; un destacamento de sus compañeros de armas lo sacó de allí, ante nuestro asombro, y se lo llevó esposado en un desfile que cubrió de ignominia nuestro jardín delantero. Esto me dio valor para despedir a Mary Anne; se marchó tan dócilmente, después de haber recibido su paga, que me sentí muy sorprendido, hasta que descubrí lo de las cucharillas y lo de las pequeñas cantidades que había pedido prestadas a los tenderos en mi nombre y sin ninguna autorización. Después del paso temporal de la señora Kidgerbury (la vecina más anciana de Kentish Town, según creo), que se dedicaba a limpiar casas, pero no tenía fuerzas para poner en práctica sus conocimientos de ese arte, encontramos otra perla; era una mujer de lo más amable, pero no dejaba de caerse al subir o bajar las escaleras de la cocina con la bandeja, y casi siempre se zambullía en el salón con el servicio de té como si fuera una piscina. Los desastres cometidos por aquella desgraciada nos obligaron a prescindir de sus servicios; le sucedieron (con intervalos de la señora Kidgerbury) una larga lista de Incapaces, que terminó en una joven de aspecto distinguido, que se fue a la feria de Greenwich con el sombrero de Dora. Y luego sólo recuerdo una serie de fracasos bastante parecidos.


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