David Copperfield
David Copperfield Toda la gente con la que teníamos que tratar parecía engañarnos. Nuestra aparición en una tienda era una señal para que expusieran inmediatamente los productos estropeados. Si comprábamos una langosta, estaba llena de agua. Toda la carne que nos vendían estaba correosa, y las hogazas de pan apenas tenían corteza. En busca de una norma para que un asado de carne ni se pasara ni se quedara crudo, consulté personalmente el manual de cocina y vi que aconsejaba un cuarto de hora por cada libra de peso, e incluso daba un margen de un cuarto de hora más. Pero, por alguna extraña fatalidad, siempre nos falló esa norma, y jamás pudimos encontrar el punto medio entre el rojo sanguinolento y el color carbón.
Tengo razones para creer que todos aquellos fracasos nos ocasionaban muchos más gastos que si hubieran sido éxitos. Cuando revisaba las cuentas de nuestros proveedores, tenía la impresión de que habríamos podido pavimentar el suelo del sótano con manteca, tan grande era el consumo que hacíamos de ese artículo. No sé si la recaudación de impuestos de aquel período reflejó algún aumento en el consumo de la pimienta; pero, si nuestras adquisiciones no afectaron el mercado, sin duda fue porque varias familias dejaron de emplearla. Y lo más asombroso de todo era que nunca teníamos nada en casa.