David Copperfield
David Copperfield Mi pobre mujercita estaba tan afligida pensando que yo estaría enfadado, y se alegró tanto cuando vio que no era así, que pronto se desvaneció mi turbación y pasamos una feliz velada; Dora se sentó con un brazo apoyado en mi silla, mientras Traddles y yo bebíamos un vaso de vino; ella aprovechaba cualquier oportunidad para decirme al oído que yo era muy bueno por no haberme mostrado antipático ni gruñón. Más tarde nos preparó el té; era un espectáculo tan hermoso verla atareada con aquellas tacitas que parecían de muñecas que no fui nada exigente con la calidad de la infusión. Luego Traddles y yo jugamos a las cartas, mientras Dora cantaba acompañándose de la guitarra; tuve la sensación de que nuestro noviazgo y nuestro matrimonio no habían sido más que un dulce sueño, y que aquélla era la noche en que oía su voz por primera vez.
Cuando Traddles se marchó y yo regresé al salón después de acompañarlo hasta la puerta, mi mujer acercó su silla y se sentó a mi lado.
–Lo siento mucho, Doady –dijo–. ¿Procurarás enseñarme, Doady?
–Primero debo aprender yo, Dora –respondí–. Soy tan ignorante como tú, mi amor.
–¡Ah! Pero tú puedes hacerlo –afirmó–. ¡Eres tan inteligente!
–¡Qué tontería, ratita!