David Copperfield
David Copperfield –S…sÃ, Doady –repuso Dora–, por eso compré una hermosa bandejita, y el vendedor me dijo que eran magnÃficas. Pero… me temo que les pasa algo. No parecen estar buenas.
Y movió tristemente la cabeza, mientras brillaban diamantes en sus ojos.
–Sólo están medio abiertas –expliqué–. QuÃtales la concha de encima, mi amor.
–Pero es imposible –contestó ella muy abatida, intentándolo con todas sus fuerzas.
–Sabes, Copperfield –dijo Traddles, examinando alegremente la fuente–, son unas ostras de primera, pero creo que nunca han sido abiertas.
Era cierto, nunca habÃan sido abiertas; y nosotros no tenÃamos un cuchillo especial para hacerlo… y, de haberlo tenido, tampoco habrÃamos sabido utilizarlo; asà que miramos las ostras y nos comimos el cordero. Al menos el trozo que estaba hecho, y que aderezamos con alcaparras. Si le hubiera dejado, estoy seguro de que Traddles se habrÃa convertido en un perfecto salvaje y se habrÃa comido un plato de carne cruda para mostrar lo satisfecho que estaba con la cena; pero no quise ni oÃr hablar de semejante inmolación en aras de la amistad, y tomamos en su lugar un poco de tocino. Fue una suerte encontrar unas lonchas en la despensa.