David Copperfield
David Copperfield Sin embargo, como sabÃa lo sensible que era Dora y cuánto le dolerÃa cualquier desaire a su mascota favorita, preferà no hacer ninguna objeción. Por idénticas razones, pasé por alto el batiburrillo de platos en el suelo; o el vergonzoso aspecto de las vinagreras, en completo abandono y desorden, como si estuvieran borrachas; o los apuros cada vez mayores de Traddles entre tantas jarras y fuentes de verduras. No pude evitar preguntarme, mientras contemplaba la pierna de cordero que tenÃa delante, antes de trincharla, por qué motivo nuestros asados tenÃan siempre formas tan extraordinarias… y si nuestro carnicero comprarÃa todos los corderos deformes que venÃan al mundo; pero guardé mis pensamientos para mÃ.

El gobierno de nuestra casa
–Mi amor –dije a Dora–, ¿qué tienes en esa fuente?
No comprendÃa por qué Dora habÃa estado haciéndome graciosos mohines, como si quisiera besarme.
–Ostras, querido –respondió, tÃmidamente.
–¿Y se te ha ocurrido a ti? –pregunté, encantado.
–S…sÃ, Doady.
–¡Soy inmensamente feliz! –exclamé, dejando sobre la mesa el cuchillo y el tenedor de trinchar–. ¡No hay nada que le guste más a Traddles!