David Copperfield

David Copperfield

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Yo no habría podido desear una mujer más bonita en el otro extremo de la mesa, pero sí un poco más de espacio cuando nos sentamos. No entendía lo que pasaba; aunque sólo éramos dos, siempre estábamos apretados, a pesar de que había lugar suficiente para que todo se perdiera. Sospecho que la causa era que nada tenía un sitio fijo, si exceptuamos la pagoda de Jip, que siempre entorpecía el paso principal. En la presente ocasión, Traddles se hallaba tan encajonado entre la pagoda, el estuche de la guitarra, los utensilios de dibujar flores de Dora y mi mesa de trabajo, que tuve serias dudas de que pudiera utilizar el tenedor y el cuchillo; pero él nos aseguro, con su habitual buen humor, que tenía: «¡La mar de espacio, Copperfield! ¡La mar de espacio!».

También me habría gustado otra cosa: que Jip no paseara por el mantel mientras comíamos. Empecé a pensar que, aunque no hubiese tenido la costumbre de meter la pata en la sal o en la manteca derretida, su presencia en la mesa era un disparate. Durante aquella cena, pareció creer que estaba expresamente allí para impedir que Traddles comiera; y no cesó de ladrar a mi viejo amigo y de corretear hasta su plato, con tanta obstinación que cualquiera podría haber pensado que estaba enfrascado en la conversación.


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