David Copperfield
David Copperfield Algunas veces, durante la velada, cuando estaba trabajando en casa (pues escribía mucho, y empezaba a ser algo conocido como escritor), dejaba la pluma y observaba a mi mujer-niña esforzándose por ser buena. En primer lugar, traía el enorme libro de cuentas y lo ponía sobre la mesa con un profundo suspiro. Después lo abría en la página que Jip había dejado ilegible la noche anterior, y lo llamaba para que viera su fechoría. Esto suponía una nueva diversión para Jip, al que castigaba, tal vez, pintándole la nariz. Más tarde le ordenaba que se tumbase inmediatamente en la mesa, «como un león», que era una de las gracias del perro, aunque el parecido dejara mucho que desear. Si Jip estaba de humor, obedecía. Luego Dora cogía una pluma, empezaba a escribir y descubría que tenía un pelo. Cogía otra pluma, empezaba a escribir y se daba cuenta de que salpicaba. Cogía otra pluma, empezaba a escribir y decía en voz baja: «¡Oh, ésta hace ruido y molestará a Doady!». Y entonces desistía y volvía a guardar el libro de cuentas, después de simular que quería aplastar al león con él.