David Copperfield
David Copperfield En otras ocasiones, cuando su estado de ánimo era más serio y tranquilo, se sentaba con el cuaderno y un cestito lleno de facturas y otros documentos (que más bien parecÃan papeles para rizar el pelo) e intentaba sacar algo en claro de ellos. Después de compararlos entre sà con el ceño fruncido, de hacer anotaciones que luego tachaba y de contar una y otra vez con los dedos de la mano izquierda en ambas direcciones, parecÃa tan desanimada y tenÃa una expresión tan triste que, incapaz de soportar que su rostro se ensombreciera, ¡por mi culpa!, me acercaba a ella con dulzura y le decÃa:
–¿Qué ocurre, Dora?
Ella me miraba desolada.
–No me cuadran las cuentas –respondÃa–. ¡Y me dan dolor de cabeza! ¡Se niegan a salir como yo quiero!
–Vamos a probar juntos –exclamaba yo–. Deja que te enseñe, Dora.