David Copperfield
David Copperfield Me había casado demasiado joven. No había conocido la influencia moderadora de otras penas o experiencias que las señaladas en estas páginas. Si cometí algún error, como posiblemente ocurrió a menudo, se debió a mi amor equivocado y a mi falta de juicio. Escribo la verdad. No me serviría de nada falsearla a estas alturas.
Y, de ese modo, cargué con los trabajos y las preocupaciones de nuestra vida, sin compartirlos con nadie. Seguíamos viviendo como antes, en lo que se refiere al desbarajuste de nuestro hogar; pero me había acostumbrado, y me alegraba ver que Dora rara vez se enfadaba. Había recobrado su vivacidad y su alegría infantil, me amaba tiernamente y se sentía dichosa con sus fruslerías.
Cuando los debates parlamentarios eran pesados (hablo de su duración, no de su contenido, pues éste casi siempre lo era), y volvía tarde a casa, Dora siempre me esperaba levantada y bajaba a mi encuentro en cuanto oía mis pasos. Las tardes en que no tenía que trabajar en la profesión que con tanto esfuerzo había dominado, y me quedaba escribiendo en casa, ella se sentaba tranquilamente a mi lado, aunque fuera muy tarde, y permanecía tan silenciosa que a menudo pensaba que se había dormido. Pero, por lo general, cuando levantaba la cabeza, encontraba sus ojos azules fijos en mí, con la serena atención que he mencionado antes.