David Copperfield
David Copperfield –¡Qué muchachito tan cansado! –exclamó Dora una noche, cuando, al cerrar mi escritorio, nuestras miradas se cruzaron.
–¡Qué muchachita tan cansada, querrás decir! –respondÖ. Otra noche, quiero que te acuestes, mi amor. Es demasiado tarde para ti.
–¡No, no me mandes a la cama! –suplicó, acercándose a mÖ. ¡No lo hagas, por favor!
–¡Dora!
Con gran sorpresa mÃa, estaba llorando en mi hombro.
–¿Acaso no te encuentras bien, tesoro mÃo? ¿No eres feliz?
–¡SÃ! ¡Me encuentro bien y soy muy feliz! –contestó–. Pero prométeme que me dejarás quedarme a tu lado y ver cómo escribes.
–¡Menudo espectáculo para unos ojos tan hermosos, y a medianoche!
–¿De veras son hermosos? –preguntó Dora, riendo–. Me alegro de que lo sean.
–¡Vanidosilla! –exclamé.
Mas no era vanidad; era tan sólo la alegrÃa ingenua de sentirse admirada por mÃ. Yo lo sabÃa muy bien, antes de que me lo dijera.
–Si te parecen bonitos, prométeme que me dejarás quedarme a tu lado y ver cómo escribes –repitió–. ¿Te parecen bonitos?