David Copperfield

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Para mi sorpresa, no volví a oír hablar del tema durante dos o tres semanas, a pesar de lo mucho que me interesaba el resultado de sus esfuerzos, advirtiendo un sorprendente destello de buen juicio –y no digo de buenos sentimientos, pues éstos siempre estaban presentes– en la conclusión a la que había llegado. Al final, empecé a pensar que, dado su desequilibrio y su inconstancia, había desistido u olvidado sus intenciones.

Un bonito atardecer en que Dora no tenía ganas de salir, mi tía y yo fuimos paseando a casa del doctor. Era otoño, una época en la que los debates parlamentarios no agitan el aire vespertino; y recuerdo que las hojas olían igual que en nuestro jardín de Blunderstone cuando las pisábamos, y que los gemidos del viento parecían traer la tristeza de antaño.

Estaba anocheciendo cuando llegamos a la casa. La señora Strong estaba a punto de abandonar el jardín, donde el señor Dick seguía muy ocupado con su navaja, ayudando al jardinero a afilar algunas estacas. El doctor tenía una visita en su despacho; pero la señora Strong aseguró que no tardaría en marcharse y nos rogó que esperáramos para saludar a su marido. La seguimos al salón, y nos sentamos junto a la ventana, cada vez más envuelta en la oscuridad. No había el menor protocolo en las visitas de unos viejos amigos y vecinos como nosotros.


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