David Copperfield
David Copperfield –Un pobre individuo algo trastornado –prosiguió el señor Dick–, un simple, un débil mental… estoy hablando de mÃ, ¿sabes? –afirmó, golpeándose de nuevo en el pecho–, es capaz de hacer lo que no pueden hacer las personas más maravillosas. Yo los reconciliaré, muchacho. Lo intentaré. A mà no me echarán la culpa. Ni me pondrán reparos. Si meto la pata, no les importará. Sólo soy el señor Dick. ¿Y quién se preocupa de Dick? ¡Dick no es nadie! ¡Bah!
Y resopló con desprecio, como si no sólo quisiera expulsar el aire sino también el resto de su ser.
Fue una suerte que hubiera descifrado hasta ese punto el misterio, pues en ese momento oÃmos cómo se detenÃa en la pequeña puerta del jardÃn el carruaje que traÃa a Dora y a mi tÃa.
–¡Ni una palabra de esto, muchacho! –continuó en voz baja–. Deja que el único culpable sea Dick… el simple de Dick… el loco de Dick. SabÃa desde hace algún tiempo que estaba a punto de encontrar una solución, y ya la tengo. Después de lo que me has explicado, estoy seguro de que ya la tengo. ¡Bien!
El señor Dick no dijo ni una palabra más sobre el asunto; pero se convirtió en un verdadero telégrafo durante la siguiente media hora (con gran alarma de mi tÃa), a fin de imponerme su inviolable secreto.