David Copperfield
David Copperfield –No. La quiere con toda su alma.
–¡Entonces, ya lo tengo, muchacho! –exclamó.
La súbita alegrÃa con que me dio una palmada en la rodilla y se recostó en el respaldo de la butaca, enarcando las cejas cuanto pudo, me empujó a pensar que desvariaba más que nunca. De pronto recobró la seriedad e, inclinándose de nuevo hacia delante, me dijo (sacando antes respetuosamente su pañuelo de bolsillo, como si en verdad representara a mi tÃa):
–La mujer más maravillosa del mundo, Trotwood. ¿Por qué no ha hecho algo para arreglar las cosas?
–Es un asunto demasiado delicado y difÃcil para entrometerse en él –repliqué.
–Y el hombre instruido –añadió el señor Dick, tocándome con el dedo–, ¿por qué no ha hecho nada?
–Por el mismo motivo –respondÃ.
–¡Entonces ya lo tengo, muchacho! –repitió mi amigo.
Y se puso en pie delante de mÃ, más eufórico que antes, asintiendo con la cabeza y golpeándose repetidas veces en el pecho, hasta dar la sensación de que, a fuerza de cabezadas y de golpes, se habÃa quedado sin aliento.