David Copperfield

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Se alegró mucho de que le dijera con entusiasmo que el doctor merecía todo nuestro respeto y nuestra estima.

–Y su hermosa mujer es una estrella –exclamó–. Una estrella muy brillante. Yo la he visto resplandecer –añadió, acercando más su silla y poniéndome una mano en la rodilla–. Pero… hay nubes, señor…, hay nubes.

Contesté a la preocupación que se dibujaba en su rostro, repitiendo la misma expresión y moviendo la cabeza.

–¿Qué nubes? –quiso saber el señor Dick.

Me miró con tanta tristeza, y pareció tan deseoso de entenderlo, que puse especial cuidado en explicárselo, despacio y con claridad, como si se tratara de un niño.

–Existe entre ellos alguna desafortunada discrepancia –dije–. Alguna dolorosa causa de separación. Un secreto. Es posible que esté muy relacionado con la diferencia de edad que hay entre los dos. Es posible que haya surgido de algo sin importancia.

El señor Dick asentía pensativo a cada una de mis frases, y dejó de mover la cabeza cuando acabé de hablar; se quedó meditando, con la vista fija en mí y la mano sobre mi rodilla.

–¿El doctor no está enfadado con ella, Trotwood? –preguntó al cabo de un rato.


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