David Copperfield

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Yo habría suavizado esa conclusión, pero él me detuvo.

–¡Sí, lo soy! Tu tía afirma que no es cierto. No quiere ni oír hablar de este asunto; pero lo soy. Sé que lo soy. Si no hubiera contado con su amistad, habría vivido tristemente encerrado durante todos estos años. ¡Pero no permitiré que le falte de nada! Jamás gasto el dinero de las copias. Lo escondo en una caja. He hecho testamento y se lo dejo todo a ella. ¡Será rica… y noble!

El señor Dick sacó un pañuelo del bolsillo y se enjugó los ojos. Después lo dobló con gran cuidado y, aplastándolo bien con las manos, volvió a guardarlo; mi tía pareció desaparecer con él.

–Eres un hombre instruido, Trotwood –continuo–, un hombre muy instruido. Sabes que el doctor es un verdadero erudito, además de una gran persona. Sabes cuánto me ha honrado siempre su amistad. La sabiduría no le ha vuelto orgulloso. Es humilde, humilde… incluso con el pobre Dick, que no es más que un simple y un ignorante. He enviado su nombre al cielo, en un pedazo de papel, en dirección a la cometa, a lo largo del cordel, mientras ésta volaba en lo alto, entre las alondras. La cometa se ha sentido muy dichosa de recibirlo, y el cielo se ha vuelto más luminoso con él.


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