David Copperfield
David Copperfield –Todas las que quiera, señor Dick.
–¿Qué piensas de m� –inquirió, cruzando los brazos.
–Que es un viejo y querido amigo.
–Gracias, Trotwood –dijo riendo, mientras se acercaba con gran júbilo a darme un apretón de manos–. Pero lo que yo quiero saber, muchacho –continuó con seriedad–, es qué te parezco en este sentido –y se tocó la frente.
No sabÃa qué contestar, pero él me ayudó con una palabra:
–¿Débil?
–Bueno –dije indeciso–, más bien sÃ.
–¡Exactamente! –exclamó el señor Dick, que parecÃa encantado con mi respuesta–. Eso significa que, cuando sacaron algunas de las preocupaciones de la cabeza de ya sabe quién y las introdujeron ya sabe dónde, tuvieron… –el señor Dick hizo girar sus manos con gran rapidez, una sobre otra, infinidad de veces, y luego dio una palmada con fuerza y siguió moviéndolas de idéntico modo para expresar su confusión–. Tuvieron que hacerme algo, ¿no crees?
Hice un gesto de asentimiento, que él me devolvió.
–En pocas palabras, muchacho –prosiguió, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo–, que soy un simple.